Lectura de la carta a los Hebreos 9:2-3, 11-14
Se construyó un tabernáculo, el exterior,
en el que estaban el candelabro, la mesa y el pan de la ofrenda;
este se llama el Lugar Santo.
Detrás del segundo velo estaba el tabernáculo llamado el Santo de los Santos.
Pero cuando Cristo vino como sumo sacerdote de los bienes venideros,
atravesando el tabernáculo mayor y más perfecto, no hecho de manos,
esto es, no perteneciente a esta creación,
entró de una vez por todas en el santuario,
no con la sangre de machos cabríos y de novillos, sino con su propia Sangre,
obteniendo así la redención eterna.
Porque si la sangre de machos cabríos y de toros y la aspersión de las cenizas de una novilla
pueden santificar a los que están contaminados
para que su carne sea purificada,
¿cuánto más la Sangre de Cristo,
que por el Espíritu eterno se ofreció a Dios sin mancha,
limpiará nuestras conciencias de obras muertas para adorar al Dios vivo?
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
