Lectura de la Carta de San Pablo a los Hebreos 9:11-15
Hermanos y hermanas:
Cuando Cristo vino como sumo sacerdote
de los bienes futuros,
entrando en el tabernáculo mayor y más perfecto,
no hecho de manos, es decir, no de esta creación,
entró una vez para siempre en el santuario,
no con la sangre de machos cabríos y de novillos,
sino con su propia sangre, obteniendo así la redención eterna.
Porque si la sangre de machos cabríos y de toros
y la aspersión de las cenizas de una novilla
pueden santificar a los que están impuros
para que su carne quede limpia,
cuánto más la sangre de Cristo,
que por el Espíritu eterno se ofreció a Dios sin mancha,
lavará nuestras conciencias de obras muertas
a fin de que sirvamos al Dios vivo.
Por eso es mediador de un nuevo pacto:
pues ha tenido lugar una muerte para la redención
de las transgresiones cometidas bajo el primer pacto,
para que los llamados reciban la herencia eterna prometida.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
