Reflexión de hoy

A veces en la vida, nos encontramos al borde del cambio... de pie en un umbral. Y en esos momentos, a menudo sentimos el peso de lo que está por venir... y de lo que dejamos atrás.
Quizás has conocido este sentimiento. Una tranquila sensación de anticipación mezclada con una suave tristeza. Como la despedida de Pablo a los ancianos de Éfeso... momentos en los que no queda nada más que la honestidad del corazón y la vulnerabilidad de las despedidas.
Así que hoy, respiremos en ese espacio donde Pablo estuvo... rodeado de su amada comunidad, consciente de la preciosidad de estos últimos momentos juntos.
La lectura de los Hechos nos permite ser testigos del profundo cuidado de Pablo por la Iglesia primitiva... sus palabras tejidas con advertencia y ternura. Habla como un padre a sus hijos... instando a la vigilancia, sabiendo de las pruebas que aún están por venir.
"Estén atentos," dice. "Sean vigilantes." Recordatorios tan simples pero profundos. Palabras llevadas por un corazón que ha trabajado y llorado... un corazón que no desea nada más que su perseverancia y fidelidad.
Y mientras escuchamos la oración de Jesús en el Evangelio, su voz se eleva suavemente desde el silencio... "Padre Santo, cuídalos en tu nombre... para que sean uno, así como nosotros somos uno."
Lo que nos impacta aquí... es la profunda intimidad de la oración de Jesús... una conversación no solo sobre los apóstoles, sino sobre nosotros... sobre tú y yo, en este momento.
Él ora por la unidad... una unidad arraigada en el amor divino. Jesús conoce la tendencia del mundo a dividir y aislar... a desgarrar el corazón de su centro sagrado. Sin embargo, su oración no es por la eliminación... sino por la protección, para que podamos permanecer en el mundo, pero no ser del mundo.
Qué tiernamente nos confía al cuidado del Padre... así como Pablo confió a su amada grey.
En esos momentos finales con sus discípulos, Pablo se arrodilló y oró... las lágrimas mezclándose con palabras que quedaron sin decir. Ellos lo abrazaron, sabiendo que no lo volverían a ver.
La pérdida y el amor estaban entrelazados, como a menudo lo están en el tejido de la vida. Y quizás esto resuena en nosotros... dejándonos preguntando sobre las despedidas que hemos hecho... y las palabras no dichas en nuestros propios corazones.
Mientras nos sentamos con estas lecturas, hay una invitación que se despliega silenciosamente. Una invitación a vivir profundamente conectados... a permanecer vigilantes en nuestros propios caminos espirituales, y a confiar en Aquel que nos guarda más allá de lo que podemos ver.
Reflexionemos sobre el suave aliento de vivir generosamente, para que podamos resonar con las palabras de Pablo, "Hay más bendición en dar que en recibir."
Hoy, quizás nuestra oración pueda ser simple... pidiendo la gracia de dar de nosotros mismos generosamente... de mantener cerca la unidad que Jesús desea para nosotros... de estar presentes en los momentos de despedida que la vida presenta.
Quizás, al respirar en otro día, podamos recordar la ternura de la despedida de Pablo y la oración de Jesús…
Dejándolas hablar a los lugares más profundos dentro de nosotros... instándonos a abrazar tanto el mundo que nos rodea como la unidad sagrada que habita dentro.
Y que podamos encontrar consuelo, sabiendo que somos vigilados... suavemente sostenidos y llevados dentro del corazón de Dios.
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